Blas Cubells

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EL HUESPED

(cuento extraido del libro "Pinceladas Literarias)

Dicen que a perro flaco todo son pulgas, extraños parásitos que se alimentan de la sangre ajena, así, como ese pobre perro me sentía yo hace cinco años, miedo me da solo mencionarlo, ahora soy otra persona, o quizás lo que soy se parezca a lo mejor que puedo ser, somos muchas personas posibles dentro de una misma persona, universos de tendencias, gustos, rechazos y decisiones erróneas o equivocadas ¿quién lo sabe? Caminos que se bifurcan hasta lo infinito surgen a cada paso, con cada pensamiento, con cada emoción, con cada sonrisa, yo no hice más que seguir una de esas sendas... y escogí la vía de la muerte lenta.

Tenía entonces diecisiete años, un mundo de sensaciones nuevas se abría ante mí, atrás dejaba un rastro de sinsabores, clases aburridas, padres estrictos, amigos superfluos, romances inexistentes, sueños sin cumplir. Todo eso quedaba lejos, las vacaciones eran el mejor bálsamo, días de sol, de horas vacías para hacer nada, de noches mágicas dónde todo podía ocurrir. En una de esas noches busqué la fiesta, harto de visitar los mismo garitos, de ver a la misma gente, de beber la misma cerveza, de mear en los mismos urinarios, desee algo diferente, algo más excitante, algo más fuerte, caminé durante varias horas en otra zona de aquella ciudad turística hecha a la medida de los veraneantes y maldije mi suerte — otra frustración más para el cuerpo— recuerdo que pensé. Entonces vi una figura surgir de las sombras y acercarse a mi —¿Quieres? — me dijo, como si todos tuviéramos que saber a que se refería, como si para él no existiera un mundo ajeno a sus trapicheos —¿Cuánto me vas a cobrar? — dije entre sorprendido y divertido, tenía dinero en el bolsillo y no comprarle hubiera sido un renegar del presente, un negarme a vivir lo que la vida me ofrecía —¿Conoces un garito enrollado por aquí? — le pregunté con la seguridad del que cree controlar su entorno, de estar en sintonía, de ser uno más de una incomprendida familia. Y con una fraternidad similar me indicó una puerta, unos pocos metros más adelante, apenas iluminada por un fluorescente indeciso y un desvencijado rótulo que decía “Christopher Lee”.

Abrí la puerta y me encontré en un oscuro bar reconvertido en discoteca, una nube de humo coloreado por el láser traía a mis sentidos cientos de olores desconocidos, los bajos de la música retumbaban en mi estómago y sonreí feliz, aquello me gustaba, aquel antro era lo suficientemente rompedor para esa extraña rebeldía indefinida surgida de lo más oscuro de mi inconsciente. Me acerqué a la barra, pedí licor y me tragué de un golpe las dos pastillas de quién sabe qué. No recuerdo mucho más, la sensación era de abrir mis entrañas, de salir de mi, de ser risas, de ser humo, de ser luz de láser, de ser ritmo en el aire, de ser todas las emociones y todos los pensamientos en un caos sin sentido y luego desvanecerme en la nada, en el abismo, en la más absoluta oscuridad.

Cuando recuperé la conciencia estaba inmóvil en el cuarto de mi apartamento, no abrí los ojos pero sabía que era de noche, permanecí allí tumbado, tratando de recordar lo ocurrido, me sentía terriblemente cansado —¿pero por qué? — golpeó esa pregunta en mi sien, no hubo respuesta, solo silencio, de pronto noté como si algo se hubiera subido a la cama —un gato— recuerdo que pensé, me incorporé y abrí los ojos para buscarlo... pero allí no había nada, un enorme espanto inundó mi alma, la impotencia de ser víctima de algo irremediable que escapa a mi comprensión —será la resaca o las pastillas— me dije a mi mismo a modo de consuelo. Ese día me levanté con ojeras, apenas podía mover los músculos, las fuerzas me habían abandonado, incluso mi madre creyó adivinar varias canas en mi pelo, como si aquella noche hubiera envejecido de golpe. Todo ello solo hubiera sido una anécdota, una aventura juvenil si no fuera porque a la mañana siguiente sucedió lo mismo, sentir que algo hunde tu colchón y te balancea suavemente y descubrir con espanto que allí no hay nada, y de nuevo las ojeras, de nuevo moverte con esfuerzo, sin energía, así un día y otro, notando como lentamente pierdes las fuerzas, ese manantial de entusiasmo juvenil, viendo como no deseas salir, ni leer, ni ver a nadie, convirtiéndote en alguien irascible y caprichoso sin control alguno sobre tu humor, siendo testigo de cómo tu vida se diluye injustamente por un retrete que no puedes ver, ni tocar, tan solo sentirlo cada mañana en el colchón, aceptando incomprensiblemente y sin poder evitarlo que tu existencia solo sirve para darle vida.

Así estuve durante más de un año y sin que nadie me creyera, pero debe ser cierto aquello de que dios aprieta pero no ahoga, o tal vez que ya no quedaba en mis venas más vida con la que alimentar aquella cosa, aquel parásito o lo que fuera, un buen día se marchó igual que vino, así sin más. Ahora miro con recelo los rincones oscuros y elijo muy bien por dónde ando, el camino que tomo, mis pensamientos y emociones, pero no termino de sentirme a salvo ¿quién sabe si no sentiré de nuevo, hundirse una mañana mi colchón?

Blas Cubells Villaba

Cuento "premiado" en un concurso amistoso y sin premios.

 

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